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A cinco años de la muerte de Lupita Rodríguez, su familia mantiene viva su lucha y su legado

Tras la desaparición de su hijo Josué en 2014, su madre, una abogada originaria de Tlapehuala y radicada en Chilpancingo, emprendió una búsqueda que hoy continúan su esposo e hijo, entre el hallazgo de cientos de cuerpos en fosas y la exigencia de autonomía para las instituciones de búsqueda.


Emiliano Tizapa Lucena. Chilpancingo, 30 de agosto 2026

Foto: Oscar Guerrero

La desaparición de Josué Molina Rodríguez fracturó en 2014 la tranquilidad de la familia Molina Rodríguez. Su madre, la abogada Guadalupe Rodríguez Narcizo, convirtió la desesperación en un motor incansable de resistencia: abandonó sus actividades para recorrer fosas, plantar cara al poder político y fundar una de las organizaciones de búsqueda en Guerrero, antes de que la pandemia del COVID-19 y el desgaste de su búsqueda apagaran su vida en 2021.

Hoy, entre fosas clandestinas y archivos de carpetas que superan los cientos de casos, su esposo Atanacio y su hijo David sostienen la memoria de Lupita y el rastro de Josué, recordando a un país herido que la búsqueda no es una bandera política, sino un acto de dignidad ante la ausencia.

La pesadilla

La tarde del 4 de junio de 2014, Josué salió de su casa ubicada en la calle Canuto Neri número 40, en el barrio de San Mateo; cuadras más adelante, hombres armados lo detuvieron y en su mismo vehículo se lo llevaron. Su familia desconoce con exactitud qué ocurrió o por qué se lo llevaron, pero lo único que supieron fue que Josué todavía realizó un retiro bancario horas más tarde; sin embargo, nadie más volvió a saber de él ni de su coche.

La esposa de Josué le marcó por teléfono horas después, pero ya no contestó; ella avisó a sus suegros que su hijo no aparecía, y de inmediato comenzaron a buscarlo, pero no hallaron ninguna pista de su paradero.

La desaparición de Josué rompió la tranquilidad de la familia Molina Rodríguez. Sin ninguna explicación de por medio, comenzaron a vivir una pesadilla.

Josué Molina era el menor de dos hijos del matrimonio de Atanacio Molina Agustín y María Guadalupe Rodríguez Narcizo. Cuando desapareció tenía 30 años de edad; con su pareja procreó dos hijos y una hija.

Josué estudió Derecho como su mamá; su padre se dedica a la topografía y su hermano mayor es ingeniero civil.

“Nosotros somos de aquí de Chilpancingo, cada quien nos dedicamos a cuestiones muy serias, honestas y legales, nunca pensamos que nos fuera a tocar a nosotros una desaparición”, dice su hermano Carlos David Molina Rodríguez.

El exilio

Tras los primeros días de ausencia de Josué, Atanacio –su padre– recuerda que su esposa Guadalupe se desesperaba mucho, lloraba y gritaba en su casa; vivían una desesperación por no saber ninguna pista de su paradero.

“Para ella sí fue un golpe muy fuerte, porque a veces lloraba hasta más de una hora, dos horas, hasta que se cansaba. Era triste verla y el pensar que no llegaba (mi hijo) más. Pero después de todo, tiene uno que sobreponerse porque no hay de otra”, sostiene Atanacio.

Atanacio y Guadalupe fueron compañeros en la preparatoria; él nació en Corral Falso, municipio de Ajuchitlán del Progreso, y ella en Tlapehuala, ambos en la Tierra Caliente de Guerrero. A pesar de la adversidad, los dos se trasladaron jóvenes a Chilpancingo para estudiar una licenciatura, ella en Derecho y él en Ingeniería Civil.

“Un amigo me animó a venir a estudiar a Chilpancingo y ella llegó un año después; no teníamos tanta relación, pero aquí fue cuando nos conocimos más, coincidimos y nos unimos como al año. Trabajamos duro para salir adelante. Yo compré un terreno en la (colonia Emiliano) Zapata, construí una casa y después compramos esto (su actual casa en San Mateo). Ella, después de que terminó la carrera, se tituló como a los dos años; yo no pude avanzar porque me puse a trabajar y estudiar y luego a construir, era muy cansado. Al final tuve que sacar la carrera de topógrafo y no me titulé”, relata Atanacio.

Atanacio y Guadalupe tuvieron dos hijos varones, aunque él, asegura, deseaba tener más.
A diez días de que Josué fue desaparecido, su familia, que continuaba tratando de investigar con los vecinos y amigos su paradero, recibió múltiples amenazas.

“Tuvimos que irnos de aquí, porque las amenazas eran muy constantes. Nos fuimos desplazados dos años de Guerrero; por miedo, agarramos a nuestros hijos con mi esposa, mis tres sobrinos que dejó mi hermano y nos fuimos a otro estado. Mi mamá se quedó y mi papá también. Nosotros pensamos que los íbamos a convencer, pero mi mamá tuvo la convicción de siempre buscar a mi hermano”, asegura David.

El surgimiento del colectivo

Guadalupe Rodríguez –quien ejercía como abogada– abandonó todos sus casos judiciales que litigaba y se concentró en la lucha para que las autoridades buscaran a su hijo Josué. En su camino se cruzó con Margarita López, quien le abrió algunas puertas en la Ciudad de México, pero sobre todo, halló a cientos de familiares de desaparecidos de Guerrero y del país.

En esa lucha, Guadalupe formó en 2016 el primer colectivo de Chilpancingo con otros familiares de desaparecidos, al que llamaron Amigos y Familiares de Desaparecidos Asesinados y Extorsionados de Guerrero y el País, aunque en algunos lugares solo era conocido como el Colectivo Chilpancingo. En un primer momento logró reunir entre 150 y 200 casos de desaparecidos, asegura Atanacio.

Añade que los primeros años del colectivo acudía a su casa la hija de la activista desaparecida de la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán Eva Alarcón Ortiz, Coral Rojas Alarcón.

“Venía la gente, la escuchaba, la recibía, les formaba sus carpetas. A tal grado que tenemos el archivero lleno de carpetas de los miembros del colectivo. Ella a veces no dormía, yo le decía: ‘No te sacrifiques tanto, la gente no te lo va a agradecer’. Ella trabajaba muchas noches, yo le traía un café con un pan en la madrugada, se iba a México con los paquetes y regresaba otra vez en la noche. Se entregó de lleno al colectivo desde el 2018 hasta su muerte en 2021. Gema Antúnez (Flores) era su amiga de cabecera; como es enfermera, venía a veces a ponerle suero para levantarla; fue atenta con ella”.

Para Atanacio, la labor de Guadalupe en el colectivo debilitó su salud, porque incluso participó en una huelga de hambre a pesar de que padecía diabetes.

En agosto de 2021, en plena pandemia de coronavirus, tras un viaje a la Ciudad de México, Guadalupe le pidió a Atanacio que la acompañara a hacerse una prueba de COVID-19 porque no se sentía bien, de la que salió positiva. En Chilpancingo no hallaron una cama disponible de hospital y fue hasta Iguala donde encontraron atención médica.

Atanacio, afectado de sus rodillas, tuvo que volver a su casa; David –su hijo– se quedó a cargo para estar al pendiente fuera del hospital.

Guadalupe requería un ventilador para respirar.

“Yo estaba seguro de que la iba a librar, ella había pasado por cosas más difíciles; asuntos que litigó, muy difíciles, era muy valiente. Estaba en la sala, totalmente aislada. Logramos meter un teléfono y hablábamos de vez en cuando”, cuenta David.

Sin embargo, a Guadalupe se le complicó el funcionamiento de los riñones; necesitaba una diálisis, pero previo a ello necesitaba estudios y una operación.

“Como dos días antes de que le practicaran el estudio en los riñones me dijo: ‘Hijo, ya estoy cansada, no puedo respirar ya, llévame a mi casa, me quiero ir’. Nunca pensé escuchar eso de mi mamá. Valiente, a más no poder. Platicamos por teléfono y me dijo: ‘Te encargo a mis nietos nada más, no te preocupes, voy a salir’. Me acuerdo que rezamos una oración, nunca pensé que sería la última vez que hablara con ella”.

La noche del 27 de agosto de 2021, Guadalupe Rodríguez no resistió la intervención; tras cenar algo, David preguntó por el estado de su mamá, pero las enfermeras le dieron la noticia: había fallecido.
“Hasta la fecha, sueño mucho con ella y no te cabe en la cabeza, nunca pensé que se fuera a ir (morir)”, dice David.

Tras su muerte, decenas de buscadoras y buscadores enviaron videos a su familia como muestra de cariño hacia Guadalupe Rodríguez y los integrantes del Colectivo Chilpancingo propusieron entonces que la organización llevara su nombre.

“Nuestra compañera Beatriz Rivera vino a la casa y nos dice: ‘Bueno, ¿ahora qué vamos a hacer? Ella era la líder del colectivo, ella era la encargada, la que llevaba los juicios. Hemos platicado con las compañeras y queremos ponerle el nombre de tu mamá al colectivo’”, dice su hijo.

En una asamblea decidieron que el colectivo llevara el nombre de Lupita Rodríguez Narcizo; a pesar de ello, fue innegable que varios integrantes salieran para formar sus propios colectivos en la capital.

La familia de Guadalupe Rodríguez asegura que su lucha por la búsqueda de su hijo Josué prosperó en la creación de la Ley General de Desaparición Forzada, en la que participó en la Ciudad de México; en la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda y en la formalización de las canastas básicas que reciben las familias de desaparecidos; además, durante sus búsquedas fueron hallados 175 cuerpos en diferentes fosas y ubicaciones del estado. También fue fundadora del Frente Nacional Ni Una Menos.

La actualidad

A cinco años de la muerte de la abogada Guadalupe Rodríguez, el colectivo que fundó mantiene integrados los casos de cien víctimas. Su esposo Atanacio y su hijo David encabezan las actividades. Sus integrantes se acompañan de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, de las madres y los padres de los 43 estudiantes desaparecidos, del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, de la Organización Campesina de la Sierra del Sur y del resto de colectivos de Guerrero.

El colectivo Lupita Rodríguez Narcizo es activo en la participación de protocolos homologados en pláticas nacionales y en búsquedas con autoridades federales.

Hasta este año, el colectivo lleva documentados más de 300 cuerpos o restos humanos hallados sobre superficie y en fosas clandestinas. De integrantes del colectivo han restituido once restos a sus familiares; algunos, después de ello, se han separado del colectivo, pero la mayoría se mantiene para apoyar al resto de sus compañeras y compañeros.

Encontrar un cuerpo, cuenta David, es pesado.

“Cuando hallamos un cuerpo, lo acomodamos en la bolsa, los venimos cargando y se sienten pesados. De por sí el ambiente donde hay una fosa clandestina es un ambiente pues, no soy religioso ni mucho menos, no creo en muchas cosas, pero se siente muy pesado. Cargas y no puedes ni caminar con el cuerpo hasta que no le hablas, o sea, nos ha tocado hacerlo y hoy en día lo hacemos siempre: ‘No sabemos cómo llegaste aquí, en qué condiciones o qué te trajo aquí, lo importante es que ya te vas a ir a descansar y vas a dejar descansar a mucha gente que te está buscando’. Y parece que no, pero dejan de pesar, en serio”, afirma David Molina.

El colectivo Lupita Rodríguez tiene registros de hallazgos de fosas clandestinas en Chilpancingo, Zumpango, Taxco, Iguala, Tlapa, Chilapa, Atoyac, Tecpan y especialmente en Acapulco.

“Creo que la mejor honra es buscar hasta donde nos alcance, porque en un momento dado todos vamos a partir y vamos a decir: ‘Al menos lo intenté, no me quedé con los brazos cruzados’”, afirma David.

Rumbo al 30 de agosto

Son las 8 de la mañana del domingo 23 de agosto; David Molina –acompañado de otros dos integrantes del colectivo– cuelga con ayuda de cuerdas y dos largas escaleras una gran lona blanca en el monumento a Nicolás Bravo, al norte de la capital, en la que exhiben varias exigencias por el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas.

–¿Qué significa el 30 de agosto para ustedes como colectivo?

–El objetivo principal es visibilizar este día. Así como hay Día de la Bandera o Día del Niño, el Día de las Desapariciones es una oportunidad para visibilizar a toda la población, porque cualquiera de nosotros, cualquier ser humano, cualquier ciudadano de Guerrero puede ser una persona desaparecida el día de mañana. Lo que buscamos es que no seamos estigmatizados, como que nada más queremos bloquear el paso o intervenir en las actividades diarias de las personas; que no estamos en contra de la 4T o de algún otro partido político, sino que se vea que realmente nos hace falta una persona en nuestros hogares, en mi caso mi hermano.

–¿Cómo podrían acceder a la justicia las miles de familias que tienen un desaparecido en este país?

–Creemos principalmente que las instituciones que fueron creadas por y para los colectivos, por ejemplo, la Comisión Estatal de Búsqueda, debe estar al frente una persona que los colectivos decidan quién será, pero no solo eso; lo que estamos pidiendo y hemos pedido es que la Comisión Estatal de Búsqueda sea independiente, un órgano autónomo al nivel de Derechos Humanos. El problema es muy grave y sería un paso importante para que verdaderamente haya justicia.

En Guerrero se reconoce un total de 4,600 desaparecidos, según cifras oficiales. Pero los colectivos del estado reportan que las familias de tres de cada 10 desaparecidos no denuncian, lo que aumentaría la estadística.

Los colectivos de búsqueda del país protestaron durante el verano en las vísperas del mundial de fútbol porque reprocharon que las autoridades mexicanas intentaron minimizar el problema de desaparición forzada reinterpretando nuevamente las cifras totales de desaparecidos.

A doce años de no saber de su hijo y a cinco de la partida de Guadalupe Rodríguez, Atanacio cree que probablemente ya ni huesos hay de Josué.

De su esposa, asegura, “hay muchas formas de recordarla; fue una gran mujer, nunca se dejó. El hecho de haberle mentado la madre a (Héctor) Astudillo de frente creo que no cualquiera lo hace… Cada Día del Abogado, cada Día de las Madres, estoy a su lado y le escribo una reflexión y le digo que la extraño”.

Asegura que “ahora el objetivo es darle consuelo a otras familias. Si luchamos o protestamos o marchamos el 30 de agosto es con la intención de que ya no haya más desaparecidos”.

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